El Río Tinto constituye uno de los mejores ejemplos mundiales de laboratorio natural para el estudio de ambientes extremos. Sus aguas presentan pH muy bajo, altas concentraciones de hierro, sulfatos y otros metales, y una actividad biológica dominada por microorganismos extremófilos capaces de sobrevivir y prosperar en condiciones químicas hostiles. A diferencia de otros ecosistemas, la energía que sustenta la vida en el Río Tinto proviene principalmente de procesos geoquímicos, como la oxidación de minerales sulfurosos, más que de la fotosíntesis tradicional.
Este entorno permite comprender cómo interactúan geología, geoquímica y biología en sistemas extremos, ofreciendo un modelo real para estudiar el drenaje ácido natural, la adaptación microbiana y la evolución de la vida en condiciones límite. Por esta razón, el Río Tinto ha sido utilizado como análogo terrestre de ambientes planetarios, especialmente Marte, ayudando a desarrollar metodologías para detectar vida, interpretar biosignaturas y entender procesos que podrían ocurrir fuera de la Tierra.